El pleito que no es pleito: Verde y PT como llave del 2027
- juan emilio lopez guadarrama
- 19 feb
- 3 min de lectura

La reforma electoral, más allá de un pleito de la presidenta con partidos como el Verde y el PT, es también una prueba interna dentro de su propio partido. Es evidente que no todos los grupos están alineados con ella.
Por un lado está el ala más radical, encabezada por Martí Batres. Batres viene jugando una apuesta parecida a la que, en su momento, intentó con AMLO: cuando circularon versiones sobre la salud de López Obrador, algunos creyeron que él podía consolidarse como líder rumbo a 2018, incluso con la mira en la Jefatura de Gobierno. Después, la realidad le cambió el gesto; pero su habilidad territorial lo mantiene como un actor fuerte que, sí o sí, debe estar en la mesa. Quedó dolido por haber gobernado la capital solo año y medio, aunque dejó a su aliada Clara Brugada, quien a su vez también carga equilibrios con el grupo de Marcelo Ebrard.
En ese mismo bloque aparecen cuadros como Jesús Ramírez y otros perfiles radicales de corte estatal, que no necesariamente tienen como fortaleza el territorio. Luego están los “grandes territoriales”, pero con prestigio desgastado: ahí entra Adán Augusto, de quien en el morenismo se comenta que podría intentar otra sacudida interna para reposicionarse en el control del partido, con el acompañamiento de Andrés Manuel López Beltrán.
En paralelo está Ricardo Monreal, que juega sus cartas con más cautela: su rol clásico de conciliador y operador que deja la sensación de que “se le debe un favor”. Aunque no es cercano a Claudia, ha logrado—pese a las diferencias—ir metiendo gente, abriendo canales y acumulando fichas.
Y están también los pragmáticos: políticos de escuela larga, con peso real tanto económico como de estructuras, donde destaca Alejandro Murat. La presidenta le tiene confianza y, poco a poco, ese grupo se ha vuelto un bombero interno: apaga incendios y, de paso, le enseña a muchos morenistas—que hoy por suerte tienen un cargo—cómo funciona el poder cuando se gobierna de verdad.
Dentro del partido, Luisa María Alcalde tiende a estar más cerca de Claudia, aunque a veces su historia y lealtades la dejan en medio. Y, a nivel local, Morena “se cuece aparte”: todavía no logra institucionalizarse como en su mejor momento lo hizo el PRI. Ahí es donde estos grupos van a intentar capitalizar la fuga: lo que se escape, lo que se rompa, o incluso lo que quede como desecho político.
Aquí es donde el Verde y el PT se vuelven tan interesantes en este “pleito que no es pleito”.
Si el Verde recula o acepta, pero a cambio impone candidaturas, o incluso decide competir en solitario en estados donde puede ganar (como San Luis Potosí y Quintana Roo), además de ganar distritos por cuenta propia, entonces de facto podría parecer que Morena pierde control.
Pero, considerando la cercanía del Verde con actores como Manuel Velasco y su buena relación con el líder del bloque pragmático, Alejandro Murat, se entiende otra lectura: Claudia podría estar ganando más aliados que enemigos rumbo a 2027.
En esa lógica, el mensaje hacia el sector empresarial sería nítido: Claudia busca gobernabilidad y una relación funcional con ellos. Eso despresuriza el conflicto frontal con ciertos grupos empresariales y, al mismo tiempo, empieza a configurar un escenario favorable para Omar García Harfuch, uno de los pocos perfiles del oficialismo que ha tendido puentes de forma consistente con sectores empresariales en el país.
El PT, al igual que el Verde, puede convertirse en un actor clave para debilitar a los necios o a quienes no están alineados con Claudia en ciertos estados y distritos electorales. Donde algunos liderazgos morenistas no fueron aceptados o no lograron acuerdos, el PT sí puede operar como vehículo para reacomodos locales: restarle fuerza a Morena en puntos específicos, pero sin romper el bloque nacional.
Con eso, la presidenta logra dos cosas: sienta a sus aliados en la mesa con poder real y, al mismo tiempo, deja fuera a los grupos que no le suman—en especial, a los bloques asociados al viejo centro de control tabasqueño.
Más allá del ruido por la reforma electoral, pensar que la presidenta no anticipó las reacciones—incluida la posibilidad de que aliados se “jueguen solos” en algunos estados o condicionen candidaturas—sería un error. Ya empezó a mover sus piezas y, como péndulo político (y también por presiones del exterior), el momento exige regresar al centro: menos épica interna y más control, gobernabilidad y alianzas rumbo a 2027.
En corto: la reforma es el pretexto; la verdadera pelea es quién manda dentro y quién se queda con la baraja electoral.


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